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Zaporeak: comida y dignidad para los refugiados

Desarrollo social

31 Enero 2018

Zaporeak: comida y dignidad para los refugiados

Dar de comer al mayor número posible de refugiados respetando al máximo sus gustos y tradiciones. Bajo esta premisa, cuatro amantes de la gastronomía del País Vasco -ninguno de ellos cocinero profesional- lanzaron hace dos años la ONG solidaria Zaporeak, que ha movilizado a cientos de voluntarios y cada día recibe con un plato caliente a unas 1.000 personas que huyen de la violencia y la pobreza. 

El impulsor de Zaporeak (Sabores, en español) es el crítico culinario Peio García Amiano (San Sebastián, España, 1953), una figura reconocida en los círculos locales. El periodista comenzó a involucrarse en la gastronomía solidaria tras visitar un proyecto humanitario en Etiopía ("Me cambió totalmente la vida", asegura). A finales de 2015, cuando la llegada masiva de refugiados sirios a las costas griegas impactó a Europa, García Amiano y tres socios de su sociedad gastronómica se plantearon si había algo en lo que pudieran ayudar.

"Nosotros sólo sabíamos cocinar. Y entonces nos dijimos: 'pues vamos a cocinar, ¿por qué no?", recuerda.

Rápidamente recolectaron las cocinas y el resto del material necesario para arrancar y se instalaron en la isla griega de Chios. El plan inicial era alimentar a los equipos de rescate que socorrían a los refugiados que lograban cruzar el Mediterráneo hacinados en inseguras embarcaciones. Sin embargo, la situación humanitaria se desbordaba y pronto se organizaron para atender también a los recién llegados.

"Al principio dábamos 200 comidas al día y al mes 1.000. Llegamos a dar 1.800", relata el periodista. "Pero es que el refugiado debía tener dignidad. Esta gente venía sufriendo y escapando de las bombas, ¿encima iban a estar tirados sin comida y ropa?".

Voluntaria de Zaporeak preparando una ración

La situación en la isla cambió radicalmente en 2016 a raíz del polémico pacto migratorio entre la Unión Europea con Turquía, que redujo la llegada de refugiados por mar a Grecia y dictaba la retención de aquellos que lo conseguían. Zaporeak pasó de atender a un colectivo en tránsito a llevar comida a un campamento de estancia permanente. 

"Al principio hacíamos casi siempre la misma comida: alubias, lentejas, garbanzos, ... Pero cuando no les dejan moverse de la isla tenemos que empezar a variar, sobretodo por los niños", recuerda García Amiano. "Básicamente les dábamos nuestra cocina vasca, que no lleva más que ajo y perejil, y ellos están acostumbrados a una comida de mucha especia". 

Los voluntarios vascos lograron adaptarse aprendiendo de los propios refugiados, aunque esa colaboración les costó varios ataques a sus instalaciones por parte del grupo de extrema derecha Amanecer Dorado.

"Buscamos a cocineros en el campo y les llevamos a la cocina para que nos enseñaran. En la noche les llevábamos de vuelta al campo pero lo tuvimos que dejar por seguridad. Hubo gente que se empezó a quejar y gente del Amanecer Dorado nos atacó", relata el periodista.

Zaporeak no sólo adaptó el sabor de la comida sino que, como la mayoría de los refugiados eran de religión musulmana, servía siempre carne que tuviera el sello Halal y cambiaba sus horarios de preparación durante el Ramadán para que pudieran comer de noche.

"Había gente que nos decía que aquello era demasiado, que 'total, son refugiados y tienen hambre'. Pero nosotros siempre les hemos respetado y tenemos claro que la dignidad del refugiado está por delante de todo", subraya García Amiano. 

 Peio García Amiano (segundo por la derecha) con voluntarios

Meses después, cuando ACNUR se hizo cargo de toda la alimentación del campo de Chios, Zaporeak se desplazó a Atenas y al puerto de Patras, donde siguen siendo apoyando con alimentos a un millar de personas.

El presupuesto de la organización ronda los 40.000 euros y proviene principalmente de aportaciones que ofrecen particulares a través de donativos o participando en los eventos gastronómicos que constantemente organiza Zaporeak en el País Vasco. De las instituciones han tenido poco apoyo, mientras que algunas empresas colaboran con donación de alimentos o transporte.

Unas 400 personas han participado hasta el momento como voluntarias, con un perfil diverso que va desde una ama de casa de 82 años hasta estudiantes, pasando por muchas personas prejubiladas que deciden dedicar su tiempo y esfuerzo a la solidaridad. Entre los voluntarios abundan los aficionados a la cocina pero muy pocos son cocineros profesionales. Y para los que han ido fue difícil familiarizarse con los volúmenes de comida y la precisión que ya tiene la organización para ejecutar las tareas.

"Al profesional que ha venido le hemos pedido hacer la comida de personal, porque aquí no puedes llegar a decir que con las alubias hay que pochar las cebollas", recalca el periodista. "Esto es otra historia y nosotros llevamos mucho tiempo en ello".