La periodista que enseñó a cultivar en las alturas

A Indira Naidoo su balcón le cambió la vida. Sin apenas nociones de agricultura o jardinería, esta periodista australiana convirtió ese pedazo de su minúsculo piso en todo un huerto de 13 plantas de altura en pleno centro de Sydney. Su historia, narrada en el best-seller "The edible balcony" (El balcón comestible), inspiró a muchos otros a descubrir que en espacios urbanos insospechados podían cultivar sus propios alimentos.

Naidoo era una conocida presentadora televisiva de noticias, con más de 30 años de carrera a sus espaldas. Hacia 2009, al percatarse de que las pugnas por el acceso al agua y los alimentos eran fundamentales en los conflictos armados que cubría, decidió tomar un tiempo para investigar estas historias por su cuenta. En ese periodo también llegó a ser formada por el exvicepresidente estadounidense Al Gore para informar sobre asuntos de cambio climático. Tras esa experiencia, al regresar a casa se dio cuenta de que su estilo de vida era parte del problema. Barrios como el suyo, de gran densidad poblacional, quizás también pudieran ser aprovechables para producir sus propios alimentos. La mayoría de los pisos eran de pequeño tamaño pero solían contar con grandes balcones. Decidió experimentar con su terraza y el primer año consiguió producir 70 kilos de comida.

El balcón de Naidoo, antes y después de sembrar

"Estaba muy sorprendida porque no sabía lo que estaba haciendo", relató Naidoo en su conferencia en marzo en Parabere Forum. "Vemos a granjeros y creemos que es muy difícil, pero nuestras familias lo hicieron en el pasado".

Lo que más le llamó la atención, recuerda, era "lo deliciosa que estaba la comida, fresca y orgánica". Esto la motivó a aumentar la producción, algo que llegó a inquietar en un primer momento a su esposo. Con las plantas y vegetales empezaron a llegar pájaros, que comían y cantaban. También se presentaron abejas, que se pusieron a polinizar. 

"Ahora antes de comer miro siempre qué tengo en el balcón", explica con una sonrisa.

Estas alegrías cotidianas la convencieron para compartir su experiencia. Primero escribió un blog y después una guía de gran éxito para ayudar a otras personas  a aprovechar los espacios urbanos. Y lo consiguió. En una escuela para niños indígenas implementó un programa para enseñar a los niños a sembrar. 

"Ellos no sabían de dónde venía la comida del supermercado. Se sentaban cada día a mirar las plantas y estaban felices cuando las veían crecer", recuerda. 

Con su equipo también creó un huerto en un parque de un barrio de gran inmigración, donde residían solicitantes de asilo que hablaban muchos idiomas distintos. Invitaron a los vecinos a que plantaran lo que quisieran y, tras un primer momento de desconfianza, empezaron a trabajar codo con codo. "El huerto se convirtió en su lenguaje común. Ahora trabajan juntos y una vez al mes comen todos juntos", cuenta orgullosa.

Miembro del equipo de Naidoo en un evento sobre huertos