¿Cómo aprendemos a comer?

En su más reciente publicación, First Bite: How We Learn to Eat la autora inglesa Bee Wilson emprende una investigación multidisciplinaria con el ánimo de mostrarnos el papel que juega cada mordida que damos. Su exhaustiva documentación comparte claves para un “reaprendizaje” que nos ayude a alimentarnos y, a final de cuentas, a vivir mejor.

No nacemos sabiendo qué comer; es algo que vamos resolviendo por nuestra experiencia siguiendo apenas lo que nos muestra la experiencia. En la medida en que vamos probamos, identificamos cuándo algo es muy dulce o salado, muy frío o muy caliente; descubrimos de repente que odiamos la espinaca y nos encanta el chocolate. En su más reciente publicación, Bee Wilson trata de explicarnos cómo ocurre el proceso con el que aprendemos a comer, en qué momento se cimientan los orígenes de nuestro gusto, cómo se construyen hábitos y, sobre todo, cómo pueden corregirse para vivir mejor.

First Bite: How We Learn to Eat es el el resultado del enfoque multidisplinario con el que la escritora inglesa decidió seguirle el rastro a la forma en que aprendemos a comer. Acudió a nutricionistas, psicólogos, neurocientíficos y profesionales del mundo de la cocina, entre otros expertos, buscando entender de qué manera la cultura, la familia, la memoria… cuestiones de género, afectos o presiones sociales -entre otros factores- intervienen en la forma en que elegimos nuestros bocados, desde que somos capaces de hacerlo.

Bee nos cuenta sobre personas que sólo comen perros calientes, por ejemplo; sobre gente que sólo es capaz de ingerir alimentos de un determinado color, explica por qué tantos se pelean con la col o por qué se generan desórdenes alimenticios. Cómo los niños se relacionan con sus golosinas, cómo los abuelos sobrealimentan a sus nietos en China y cómo fue que Japón consiguió instaurar una dieta tan saludable, entre otras tantas historias.

“La premisa central de First Bite es una que todos deberíamos asumir, si somos inteligentes, como liberadora, generosa y optimista: si aprendemos qué y cómo comer cuando somos bebés, podemos desaprender y reaprender y realmente cambiar eso que Wilson describe como una relación colectiva y caótica en relación con la comida, incluso cuando esa relación se ancla en memorias de infancia o en la culpa; cuando los niños son inducidos a comer Fruit Loops mientras ven Bob Esponja, o incluso cuando nos toca hacemos un camino en medio de un mundo de raciones gigantes, en el que hay incontables detotantes jugando con el botón que nos lleva a comer”, explica Jenny Rosenstrach en su reseña publicada en el New York Times.