Camino abierto, por un modo de vida sostenible conectado con la alimentación

En Argentina, la fundación Camino Abierto atiende a niños desprotegidos implementando un programa de desarrollo personal en el que la agricultura y la cocina sirven como elementos de conexión y aprendizaje.

Todo comenzó en 1995, cuando Susana Esmoris y Hugo Centineo se cansaron de la vida “cómoda” que llevaba y, aprovechando que sus hijos estaban grandes, dejaron sus carreras profesionales para levantar la Fundación Camino Abierto, con la que se dedican a recibir, cuidar y educar a niños abandonados, de 7 a 21 años, que les son reasignados por juzgados de menores. En el tiempo, el número de chicos fue creciendo y con ello las ganas de hacer algo especial.

Un día, uno de los vecinos que tenían le regaló a los muchachos un par de gansos. El episodio detonó un cambio importante. De pronto Susana y Hugo vislumbraron el siguiente paso. Sobre 3 hectáreas ubicadas en la localidad de Carlos Keen, a 70 km de Buenos Aires, articularon un esquema de producción local y autosuficiente con el que conectan una granja, una huerta y, desde 2005, un restaurante, llamado Los Girasoles. Incluye también un área con cabañas para alojar a los visitantes, así como una tienda para vender los productos artesanales que allí se elaboran.

“Lo que nació con cinco mesas, se transformó con tiempo y mucho amor de parte de quienes lo hacen en más de 300 mesas, y permitió que el trabajo con los niños se extienda al pueblo donde están y que se trabaje con toda la comunidad”, cuenta la periodista argentina Raquel Rosemberg, quien apadrina el proyecto.

Camino Abierto ha logrado brindarles a unos 30 chicos un esquema propicio para desarrollar sus capacidades, desempeñando tareas de agricultura, cría de animales, cocina y sala, sin descuidar su respectiva formación académica. Los más grandes se ocupan del servicio de Los Girasoles, mientras los más pequeños cocinan en parejas. De ese modo, comienzan a entender el valor de la alimentación, y a encontrarse con ellos mismos.

“La cocina, desde que era muy chica, fue un lugar de encuentro donde se produce la verdadera alquimia, no solo afuera sino dentro de cada uno de nosotros”, explica Susana Esmoris. El lugar creado por ella con su Fundación, que para ella “conecta a los chicos con algo mágico”, ha llamado la atención de cocineros argentinos como Narda Lepes y Dolli Irigoyen, quienes han ayudado a diseñar el menú del restaurante.

Para Rosenberg, es bastante más que una simple obra de caridad, lo defiende como proyecto social de valor: pues, una vez que los chicos se vuelven mayores de edad, deciden quedarse trabajando con un salario en Camino Abierto. Lo mejor de la iniciativa, según la periodista, es la capacidad que ha revelado para “conectar a los jóvenes con el trabajo de la tierra y la alimentación es volver a conectarlos con los principios del país”.

Entre sus logros, celebran la visita de Joan Roca el año pasado, después de la cual uno de los chicos, Nahuel Navarro, se fue a España para realizar prácticas en el Celler de Can Roca. Esmoris no tarda en acotar que también otros restaurantes en Argentina les han abierto sus puertas.